20 de Junio - Día de la Bandera Argentina

lunes, 27 de abril de 2009

Carlos Horacio Bruzera: Cultura Fraternal

Cultura Fraternal

¿QUIÉN PODRÁ DECIR?

Pensando en todo lo que me dio, y nos dio La Frater en materia de cultura vino a mi mente, valetudinaria si las hay, una frase de Nicolás Avellaneda: “¿Quién podrá decir cuánto influirá en la mente humana un solo niño que se educa?”.
Mi generación Fraternal germinó allá por 1950, conociendo o tal vez intuyendo el interrogante de Avellaneda.
Por entonces, poniéndose el sayal de lo que eran, Maestros, los Directores, fraternal el uno, del alma el otro, nos acercaron al venero maravilloso del arte y de sus protagonistas. Me da la impresión ahora, como si esos dos educadores que luego individualizaré, hubieran querido darnos no sólo el colegio sino el portal a una espiritualidad multiplicadora de halagos.
Uno de esos Maestros es nuestro admirado Patriarca Jorge Enrique Martí, “sobornado” por la poesía a seguir dejando oír en su voz, su palabra y su alma. El otro se llamó Mario Fernando Loza.
Loza había nacido en Victoria en 1922, si mal no recuerdo y murió no hace mucho, 1998, en Buenos Aires. Fue un excelente pintor, avezado en todo el trajinar humano, Profesor de Educación Física, hábil en el consejo y prudente en el juicio.
Ellos se abanderaron de promotores de una provocativa cátedra: la de acercarnos, chicos en sazón, al universo del arte.
Recuerdo que en el saloncito, el primero a la izquierda de la bella galería de entrada de la Frater, un día montaron una exposición de pinturas, con folletos primorosamente colocados sobre una mesita central.
Era la primera vez que pisaba algo así, quedé impactado; ¡qué bellos cuadros los de Loza!. Allí mismo me entraron una ganas terribles de ser pintor, yo, ¡qué no sabía dibujar la más miserable casita sin chimenea!.
Al terminar una de las cenas, el celador de turno informó desde la tarima, que se abrían clases sobre música clásica que dictaría un profesor de música cuyo nombre se perdió en mi cabeza envejecida. Sería en el mismo Elíseo donde soñé con ser pintor. La obra a conocer era la sinfonía “Pastoral” de Beethoven; ¡maravilloso!, el maestro iba contándonos lo que narraba la música: el campo, los pájaros, el arroyo. Dios mío, todo resultaba fácil, aquello se había transformado en una película, en un libro en donde se veía transparentemente la idea musical del otro Maestro, el de Bonn, y me asaltó entonces la impresión casi real de entender el lenguaje de la armonía. A partir de entonces amo la música, amo los poemas sinfónicos.
Otro precioso día, siempre desde la tarima sobre la cual comían alguno de los Maestros Directores y el celador, otro anuncio: se daban entradas para asistir al concierto que en el viejo teatro “Texier”, ofrecería el pianista Antonio de Raco, el gran ejecutante argentino que fuera discípulo de Vicente Scaramuzza y paseara la música culta argentina por el mundo. De Raco aun acaricia las teclas a sus 90 años.
Allí fuimos, no se si con Rabito o el Gallo para entregarnos alborozados al hipnotismo del piano majestuoso. No sabíamos nada de música clásica más allá del conocimiento primario de la “Pastoral”, pero íbamos aprendiendo a familiarizarnos con sonidos pulidos, pensados, sabios.
En el mismo “Texier”y gracias a “Los Amigos de la Música” y a la Frater, asistimos también a otro acontecimiento cultural extrañamente hermoso que protagonizara la bailarina María Fux, solista del teatro Colón, futura Maestra de Jorge Donn e inspiradora de la “danza terapia”.
Una noche en el Salón de Actos, acomodados en las sillas de la Sala Grande de Estudio, asistimos a otro encuentro con el arte que no se borrará nunca de mi mente: la actuación del arpista paraguayo Quintín Irala con su conjunto. Permanecimos callados, dejándonos arrullar por aquella arpa inolvidable. Quintín había integrado el famoso conjunto “Los Trovadores de Cuyo” dirigido por Hilario Cuadros, e invitado por el “Negro” Florencio López con el visto bueno de Martí y Loza, se llegaba gratuitamente a deleitarnos con la música nativa.
Y los Maestros continuaron derramando cultura con la generosidad del sembrador; un día apareció un proyector de películas impresionante para la época y desde su llegada , todos los sábados a la noche había cine en la Vieja Casa, en un saloncito que los mismos Maestros habían “fabricado” entre el estudio de cuarto y la Protectora. Consiguieron que la Embajada de Canadá nos prestara documentales y hasta unas cuantas películas. Ego puro, perdónenme, por encargo del Patriarca me convertí en periodista especializado en cine para la revista “Chécale”. Me sentía todo un entendido.
Hicieron más, consiguieron un magnífico equipo de música con altoparlantes para que, en horas de descanso, especialmente antes de las cenas, sonaran en las galerías de la planta baja discos de tangos, que prestaba Martí, folklore, y hasta alguno “fox trot” que servían para aprender a bailar.
Viene a mi memoria algo más lejano; en mi año de “pichicato”, 1950, perduraba aun la vieja tradición fundacional de “La Fraternidad”: un conjunto de teatro. Recuerdo que en esa “temporada” ofrecía una obra en el “Teatro Rex”, el que estaba en la por entonces calle Vicente H. Montero, camino al Balneario Itapé y que al fin terminara como supermercado.
Fue en esa oportunidad que estuve a un tris de convertirme en actor, intento que se frustró apenas iniciado, por mi oposición más terca y decidida a asumir un rol femenino.
Y de pronto, aquel lejano concurso literario de poesía y prosa que nos llenó de inquietudes. Fue el del triunfo de Mario Nestoroff con su “Como una gota de sueño”.
Por si todo esto que conté fuera poco, estaba la revista “Chécale”, creada por inspiración saludable de Martí. En torno a esta legendaria publicación persistente y etéreamente rondan el espíritu y lo más entrañable del idioma y del arte en estado puro, de ese estado de juventud mezcla de fragilidad y perennidad que como escribiera mi amigo Mario Nestoroff, “avasalla” Y en su geografía, las sombras, más bien destellos, de poetas y escritores que con carbonilla siguen dejando su impronta en la paredes regresadas de la redacción e imprenta de la desaparecida revista estudiantil: allí esculpían ideas, fechas y firmas lo visitantes blasonados.
Si, por ese rincón aun deben deambular carbonilla en mano Borges, Córdova Iturburu, Maxit, Delio Panizza, y aquellas siluetas embozadas que prefirieron sembrar anónimamente en nuestras mentes de chicos el silencio de la búsqueda.
Memorables días, lejanos rasgar de púas, de plumas y de teclas.
¿Quién podrá decirme entonces, cuánto influyó en nuestras mentes casi infantiles, aquella papilla cultural que nos acercaban con la mano francas los Maestros inolvidables que supimos tener?.

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Homenaje al Ingeniero GUSTAVO TORRESÁN (f), hijo del Fraternal Jorge Torresán

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