20 de Junio - Día de la Bandera Argentina

jueves, 21 de abril de 2011

Jorge Enrique Martí recuerda a Florencio López


Jorge Enrique Martí
(1939-1943)
                                                                                                                                 
        
Es bueno y hace bien recordar con gratitud a quienes fueron generosos, comprensivos, solidarios y nos brindaron cordialmente todo su afecto. Y como cada historia tiene su propio comienzo, la mía, resumida en esta página, se parece a una evocación a las vividas en la misma época y en el mismo sitio por otros estudiantes de distintas tonadas.
“...

Sucedió en Entre Ríos, en Concepción del Uruguay y en “La Fraternidad” a partir de 1939, el año de la segunda guerra mundial. Eramos entonces, alrededor de 180 internos, mayoritariamente alumnos del Colegio de Urquiza. Yo ingresé con recientes 12 años, flaco y largo como anunciando el metro con noventa consignado en la libreta de enrolamiento. Hijo único, con todos los atributos de la crianza protectora que se le asigna al unigénito,. Sentía la añoranza de la madre ausente y más de una vez se me escapó esa lagrimta cuando el pensamiento viajero nos lleva a la casa paterna.
Por eos días liminares de todo novato, que los fraternales denominamos “pichicato”, tuve el primer encuentro con un señor de cara bonachona, vestido enteramente de blanco, a quien llamaban “el Negro” y,  como después escuché, también “el Negro López”.
Pensé que me adivinaba quizá alguna aptitud basquebolística, porque me inquirió sobre los deportes que practicaba y como no obtuvo respuesta satisfactoria quedé definitivamente consagrado al lápiz y el papel, aunque sin olvido de los “picados” en la cancha de paleta y de algún partido de pelota haciéndole dupla a Mario Loza en el frontón de tambor y cacerola, años más tarde.
“Estudiantil Fraternal”, el club de los internos, participaba con varias divisiones en los torneos de las ligas uruguayenses de fútbol y basquetbol, con la hinchada infaltable que atronaba de “chécales” las distintas canchas y la nuestro gimnasio, donde actuábamos como locales. Y allí, infaltable también, “el Negro López”, animoso director técnico de nuestros equipos y consagrado árbitro oficial.
...Cuando ya estaba por salir el tren apareció el Negro Lópezen su clásica bicicleta, quien se hizo cargo del pago de todos los boletos...
Al poco tiempo de llegar a “La Frater” hubo un partido  en Rosario del Tala hacia allá viajamos los deportistas y los integrantes de la barra fraternal. Recuerdo que cuando ya estaba por salir el tren apareció “el Negro López” en su clásica bicicleta, quien se hizo cargo del pago de todos los boletos. Esa fue la primera constancia de su generosidad, cuando todavía era enfermero del Hospital de Zona y no le sobraban las monedas. La segunda, ocurrió con la invitación a tomar el té en su casa, cuando aún no vivía en su “Ñanderogamí” de la calle Mitre 220. Fue una tarde llena de ternura, con el “Negro”, ya Florencio López, y la delicada y cariñosa presencia de su esposa y compañera, Esther Corbella. Y qué iba a imaginarme que andando el tiempo serían para mí “el tío Florencio y la tía Esther” a causa de mi matrimonio con su sobrina, Marta Urquiza Corbella.
Florencio, “el Negro”, como lo llamamos siempre, fue un hombre muy disciplinado y en consecuencia aconsejaba e imponía el orden sin asomo de violencia que no superaba ekl grito de “pajarón” y con tendencia a la autodisciplina como decisión individual y grupal. Siempre tuvo, elegidos entre los confraternos que le parecían más idóneos, una suerte de ayudantes que se encargaban de toda la utilería del club y de la vestimenta deportiva, que semana a semana llegaba a las manos de Esther para su lavado y planchado. Eramos como sus hijos, los hijos que no tuvieron: éramos sus hijos del corazón y con ellos estaban todas las ausencia del alma.
A la par, Florencio cumplía en el internado, funciones de enfermero, también en forma honoraria, de prestación gratuita, como fue emblemáticamente todo lo suyo. Se lo veía acompañado de su infaltable valijín, con los elementos profesionales y la temible jeringa cuando el médico fraternal, Dr. Artusi, indicaba la inyección.Y ni qué decir de sus masajes y curaciones, para los que aportaba sus santas manos y su voluntad de oro.
En 1943 concluyó mi ciclo fraternal, pero los duendes que habitaban en el sótano y en el reloj habían dispuesto que a partir de 1952, en ocasión del 75° aniversario de la “Casa de los Recuerdos” me incorporara a la dirección, primero con Francisco Garay, y luego con Mario Loza, durante la presidencia de Ernesto A. Maxit.
Ya eran los tiempos de “Ñanderogamí” y habituales las reuniones con resonancia musical al amparo de su amistad y la connivencia de Esther en el agasajo a los invitados, músicos, poetas, pintores, profesionales prestigiosos y el grupo de internos que iniciaba en las vinciulaciones sociales con danzas y bailes aprendidos bajo su entusiasta prédica tradicionalista. Y yo procuraba no faltar en esas verdaderas fiestas de la amistad.
En mi poema “Mocedad”, de mi libro “Antigua luz” del año 1954, que ahora con algunas variantes se leerá en mi próxima primera  antología con el título “Fraternilia”, evocador  del libro que en 1952 dediqué a “La Frater”, conté y canté todo lo que palpita en los hondones del alma con el evocador nombre de Florencio López, a quien llamé “el de la mano abierta”. Ese poemario, impreso por Urquiza Cabral, mi futuro suegro, con tapa de Mario F. Loza y prólogo de don Luis Doello Jurado, obtuvo una de las Fajas de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, entidad que me designó para hablar en nombre de los premiados el día del escritor de 1955. Florenci quiso acompañarme y viajamos a Buenos Aires en el nostálgico vapor de la carrera, a cuya llegada nos esperaba en el puerto Juan José Papetti, estudiante de abogacía en aquellos días. Fue otra generosidad de Florencio, que además  ese mismo año me había regalado los pasajes en esa vía fluvial, en camarote de luna de miel y un curioso servicio de medianoche con una botella de champán.
¿Qué más puedo decir que ya no haya dicho? Lo quise mucho y lo respeté por esa entrega sin término de las generosas acciones que fluían de su corazón. ¡Y la pucha si lo extrañamos el día que se le antojó dirigir un partido de básquet con San Pedro y en el cielo! Me queda otra satisfacción, que tiene en mí y desde mí la ompañía del conjunto de la familia de confraternos. Fue en los días del centenario, en 1977, en el transcurso de la asamblea de ex internos, la más concurrida de esos cien años, cuando Florencio López fue consagrado con el título de “Fraternal Honorario” y saludado con sabe Dios cuántos “chécales” que todavía resuenan con la algarabía de los triunfos de Estudiantil, allá lejos y hace tiempo.
Desde aquel inicial 1939 han transcurrido 70 años y ahora estamos recordando a Florencio López en el centenario de su nacimiento, ocurrido en el muy correntino pueblo de Garruchos, el 13 de septiembre de 1909. Y hablando de “chécales”, qué lindo es poder cantarle con toda nuestra gratitud y con cien voces fraternales este “chécale” del centenario. Vamos, muchachos, por Florencio López: “chécale, cachécale, cachín, chau, chau…”

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Homenaje al Ingeniero GUSTAVO TORRESÁN (f), hijo del Fraternal Jorge Torresán

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