20 de Junio - Día de la Bandera Argentina

domingo, 26 de septiembre de 2010

Sergio Alfredo Martinez evoca a Mario "Gallo" Nestoroff

Agradecemos al Dr Sergio Alfredo Martinez, este envío desde Formosa, evocando la figura de un destacado chaqueño, Fraternal como nosotros


"...No permitir que "La Fraternidad" nuestra sea disminuida, desviada, adulterada, es algo que debemos defender como a una bandera en peligro..." (Luis Doello Jurado)

Atte, Centro Maxit Blog:     www.centromaxit.blogspot.com




Asunto: Mario "Gallo" Nestoroff
Para: "Centro Maxit" <centromaxit@yahoo.com.ar>
Fecha: martes, 21 de septiembre de 2010, 19:06

Estimados Fraternales del Centro Maxit
 


            Lo prometido es deuda. Cumplo. Perdonen la extensión, pero, me pareció que era bueno, no limitarme a la transcripción de la Oración. Los momentos que la precedieron en el poco tiempo en que Nestoroff estuvo en Formosa, me pareció interesante relatarlo porque su viaje a Bulgaria fue, verdaderamente, merecedora del relato. Posiblemente no tengan Uds. algún ejemplar de la Oración a la Fraternidad. Si lo tienen, mejor. En la edición del diario La Calle del día 28 de Mayo de 1969 fue transcripta con breve comentario de nuestro encuentro. Pueden corroborarlo.
            Fraternalmente, Sergio A. Martínez. 
                                                                                    Formosa, 21.09.2010.-

 Mario Nestoroff. Su visita a Formosa en 1969. Anécdotas.
Su Oración a la Fraternidad

Año 1969. Ciudad de Formosa. Avda. 25 de Mayo 364. Una placa: “Estudio Jurídico –Antenor Polo – Elio R. Aranda – Sergio A. Martínez – Abogados”.
Mario Nestoroff, el recordado “Gallo” de la promoción (1950/54) –egresó con Aranda- aparece en la ciudad, a comienzos de Abril. Aun de día, camina por la avenida, lee la placa y llama.
Enorme sorpresa la nuestra. No lo veíamos desde 1954. Me toco ser su “pichicato”, como que ingresé en 1953.
La alegría del reencuentro. Poco sabíamos de él, salvo que en el año 1960, obtuvo el primer premio instituido por el diario Clarín, en el certamen literario que organizara con motivo del Sesquicentenario de la Revolución de Mayo, por su hermosa y vibrante poesía “Canto al Chaco”; circunstancia que nos llenaba de orgullo, a quienes fuimos sus confraternos, y sabíamos de la magnífica pluma de Mario Nestoroff.
Ignorábamos lo demás de su vida. Pero ya no importaba porque lo teníamos con nosotros. No había cambiado su aspecto físico: flaco, esmirriado. Igual su peinado con raya y su caminar con las manos en los bolsillos, pensando y como escondiendo algo dentro de si, quizás su enorme riqueza espiritual que solo alcanzamos a conocer en cuenta gotas. Sus ojos pequeños y apagados transmitían un halo de misterio y tristeza que escondían su picardía, agudeza de pensamiento y enorme filón poético.
Aranda, de inmediato lo llamó a “Pincho” Pozzi también compañero de promoción y enseguida nos encontramos los cuatro –Nestoroff, Aranda, Pozzi y yo-. Primero los mates y lavada la yerba, fuimos a cenar. No quiso tomar vino. - “Después les explico muchachos...”, nos dijo. Brindó por el feliz reencuentro con agua.
Lo dejamos a Pozzi en su casa. Los tres restantes éramos solteros. Fuimos a un club nocturno... - Pero ¿qué vas a tomar “Gallo”?. - Nada o un vaso de soda y hielo, fue su respuesta a nuestra invitación. Y volvió a decirnos, - “Después les explico...”, mientras hacía sonar el pedazo de hielo en su vaso agitándolo en la soda. Más tarde, insistimos en el convite. A su nueva negativa agregó - “... yo se porque les digo y ustedes no sigan con el whisky... se los dice alguien que sabe mucho sobre el tema...”. Parecía que quería contarnos algo, tal vez le daba vergüenza hacerlo, pero –por la confianza que le dispensábamos- en algún momento lo haría.
Permaneció con nosotros más de un mes. Se alojaba en la casa que alquilábamos con otros amigos. Allí también almorzábamos. Nos propusimos conseguirle un empleo en la redacción de un diario local, sabedores de su buena redacción. Durante el día o caminaba o nos acompañaba en nuestras gestiones e incluso llegó a ayudarnos como dactilógrafo. También sabía visitar a los confraternos de su época.
En la Ciudad de Formosa, entonces, los fraternales éramos casi un enjambre. Comenzando por los más antiguos Antenor Polo, Rubén Ceppi, Max Glogger, José Bruno, los Hnos. Paulina, Luque, Chacho Polo, Alberto Montoya, y siguiendo por Quico Zambianchi, Hnos. Di Martino, Urbieta, Pozzi, Aranda, Giménez Sánchez, Carrara, Miguel Polo, Guillermo Polo, Penza, Alfredo Rébori, Medina y tantos otros, a los que deben sumarse los del interior como los Hnos. Curestis, Montoya, Palavecino, Raúl Polo, Montellano, Woroniuk, Babiak, Beto Aranda, Nicora, Juliá, Sandoval, Montanaro, Santa Cruz, Lancieri, Frías, Batiusko, etc.
Y volviendo a Nestoroff, siempre su respuesta era negativa cuando se trataba de tomar un trago de vino. Hasta que una noche, mientras comíamos un asado, recuerdo que Pozzi le dijo –más en broma que en serio- algo como esto: -“... Bueno Gallo, dejate de joder y contanos que es eso de “después les explico... yo se porque les digo...”... desembucha, canta antes de la madrugada...”.
Y comenzó su relato con la parsimonia que le conocíamos, con su tono de voz bajo, y con un contenido rico y por momentos increíble.
Nos habló de su estadía en Buenos Aires, de la prolongación de su amistad fraternal y entrañable con el “Perro Bruzera” –al dúo que supieron conformar en la FRATER lo llamaban “Cangallo”- de la vida bohemia que desarrolló, del premio CLARÍN, de las puertas que se le abrieron y no supo aprovechar, del “puchero ideológico que se le armó” en su cabeza, del alcohol que lo sedujo primero y atrapó después y de su “cuesta abajo... por la vergüenza de haber sido y del dolor de ya no ser”, de su confusión existencial que le indujo al disparatado delirio de irse del país.
Y en un relato que no concluyó esa noche, sino que se fue integrando en otros días y sucesivas tertulias, nos dejó dicho, lo que seguidamente intentaré resumir, acudiendo a mi memoria para emplear las que pudieron sean sus palabras.
Cuando aprendí que siendo hijo de padre y madre búlgaros, aun naciendo en Argentina, disponía de la nacionalidad búlgara en el país de mis mayores, me dije: puedo ir a Bulgaria y aunque está dentro de la “Cortina de Hierro”, seguramente me abrirán sus puertas y podré ingresar a su territorio... y ahí no más, me convertí en “El Gallo Búlgaro” y volé hasta la embajada de Bulgaria. Me atendieron muy bien y como hablo el búlgaro correctamente, supe que entre las alternativas que me ofrecían, estaba la de ir a Bulgaria, becado, sin costo para mi, a proseguir una carrera universitaria...
No demoré la respuesta y en pocos días estaba viajando... Después en un albergue estudiantil en Sofía, instalado como un alumno búlgaro. De ahí a las oficinas universitarias donde se me interroga... -¿Qué carrera va a seguir Ud.?...” e interrumpiendo la narración nos preguntó... -“¿imaginan Uds. cuál fue mi respuesta?... No la van a acertar... porque mi respuesta no fue cuerda ni mucho menos...”
-“Quiero estudiar una lengua extranjera, les dije...” ¿Cuál? “pues el idioma español...
Así fue como me ví ¡¡en Bulgaria!! Estudiando la lengua de Cervantes... y pronto, de alumno, pasé a ser ayudante de los profesores, o el verdadero profesor...
En realidad, ni yo podía creer en mi disparatada ocurrencia, que solo me sirvió para el ocio y el sufrimiento, al tener muy poco que hacer... ¡qué desperdicio de tiempo! Pero en algo lo aproveché. Yo había llevado conmigo un ejemplar del MARTÍN FIERRO y, en una de las clases me tomé la licencia de leer unas estrofas que traduje al Búlgaro. Los consejos del Viejo Vizcacha. Les gustó tanto la sabiduría encerrada en esas pocas estrofas, de la obra de Hernández –para ellos desconocido- que me granjeó una gran consideración entre los condiscípulos y los profesores, pidiéndome la traducción de nuevos párrafos... así fue como me decidí a traducir al Búlgaro la obra genial del Martín Fierro, dejando para la lengua de mis antepasados su primera traducción...
Esa fue la parte positiva, linda, de mi estadía en Bulgaria. No así lo demás. Extrañaba mi patria y todo lo que ella significaba. Como era alumno, me exigieron practicar un deporte colectivo. Tuve que elegir y opté por el básquet, al que nunca había jugado. Algo sabía de sus reglas. Me acordé de la FRATER. De Pozzi, del Mono Alvarez, del Mocho Perlestein... si ellos lo jugaban porque no podía hacerlo yo... de lo que me olvidé fue recordar que ellos tenían una buena preparación física, siempre concurrían al gimnasio y yo nunca. Y así llegué al primer entrenamiento en Sofía... ¡Imagínense a Nestoroff con atuendo deportivo!... Entra a la cancha, recibe un pase y sale dolorido con un dedo recalcado... me hacen reingresar... otro pase para el “Gallito” y una nueva lesión... esta vez más grave: fractura del dedo medio... “ nos contaba entre bromas y riéndose de él mismo... “Inútil de mi... solo aprendí a jugar al ping pong en la FRATER... pero en el albergue no había mesas, y tuve que olvidarme, al igual que del mate porque no se conocía ni conseguía yerba. Para mi fue un suplicio...
Nunca pude adaptarme a la forma de vivir en Sofía, pese a mi descendencia búlgara. La gente era buena conmigo y cuando les contaba como vivíamos en Argentina, no me creían. Cuanto comíamos o que pudiésemos bañarnos en nuestra casa, con abundante agua caliente, les sonaba como un cuento... Para bañarnos debíamos concurrir a un baño público, donde nos daban el agua medida y un jaboncito sin fragancia... los horarios eran rigurosos... conseguir una bebida con alcohol o un vino malo era difícil y prohibitivo... Tanto me dolía la abstinencia, que empecé a frecuentar lugares despreciables donde podía conseguir un trago y, créanme, llegué a convertirme en un ciruja... La comida tampoco me gustaba, pues mis padres búlgaros habían cambiado sus hábitos y para comer eran criollos, tal como yo me sentía... Mi buen concepto de “alumno-profesor” poco a poco se vino abajo por mi conducta y rebelión ante tanta disciplina... Quería volver a mi Argentina... Ignoraba yo, cuan difícil era salir de la “Cortina de Hierro”... Empecé a golpear oficina tras oficina para conseguir la autorización de salida”.
“- ¡Señor, Ud. es búlgaro, como se le ocurre abandonar su patria, me respondían.
 - Es que tengo mi novia en Argentina –les mentía- queremos casarnos, después vuelvo con ella.
- ¿Es que en Bulgaria no hay mujeres? No insista, Ud. no puede salir.
Varias veces me dijeron que no. Pero al final, después de tanta insistencia, me dejaron salir. Y no por las razones que yo les daba y que no las creían, sino porque yo no les servía, era una suerte de lastre... Miraron para otro lado para que me vaya y sin un centavo en los bolsillos, me abandonaron en la frontera con Yugoslavia...
Contento por la posibilidad de volver, tenía ahora, ante mi, a las autoridades del país de Tito, para quienes yo era un intruso, un ilegal, me apresaron pero –felizmente- me dieron de comer y pronto, por la vía diplomática, estaba viajando en tren a Milán y de allí por medio del Consulado Argentino, fui destinado a Roma, a la Embajada donde posibilitaron mi reembarque a la Argentina no sin antes escuchar incrédulos el relato de mis locuras...
Ese fue el querido “Gallo” y esa su excursión por Bulgaria. La apretada síntesis referida, no quiere significar que sepa mucho más de ella. La sufrida aventura, pudo durar algo así como dos años. No tengo precisión de cuando comenzó o terminó. Quizás entre 1966 y 1968. Pero es de imaginar cuan dura debe haber sido, su estadía y su “huida”.
Comprendimos porque se nos presentaba abstemio y le prometimos que habríamos de cuidarlo. Y así lo hicimos con Aranda y Pozzi. Hasta que llegó el 14 de Mayo de 1969. El estaba entusiasmado con la celebración que organizábamos en Formosa, por el 92 Aniversario de La Fraternidad.
Decidimos enviar al diario local una invitación para los numerosos fraternales. Preparé el texto. El me dijo: - “no “Grasita” así no. A esa invitación le falta poesía”. Y preparó otra. Pero como no era un espacio contratado, la redacción del diario prefirió mi texto por economía de espacio. Cuando le conté, me dijo: - Quedate tranquilo que en vez del aviso que preparé, les daré una sorpresa el 14 a la noche, con una oración a la FRATER que voy a escribir”. Y fue así.
Esa noche de júbilo para nosotros los fraternales, nos encontramos un grupo muy numeroso. También las respectivas esposas; en la “Peña del Reencuentro”, un salón que los amigos de ese entonces frecuentábamos como si fuera nuestro.
Y llegó el momento de los brindis... y él los hizo con un vaso de agua, como acostumbraba hacerlo en los días que tuviéramos la suerte de contar con su compañía.
Después vinieron los chécales y los discursos. Hablaron Antenor Polo y Alberto Montoya para referirse a la celebración. Nestoroff, estaba sentado entre Aranda y yo, impaciente, esperando su momento. Quería darnos la sorpresa y nos pidió que lo anunciáramos. Iba a mostrarnos cuanto conmovían sus sentimientos La Fraternidad, y el “Histórico Colegio de Urquiza”, y la entrerriana y querida Concepción del Uruguay. Entonces nos leyó y nos sorprendió con su magnífica ORACIÓN A LA FRATERNIDAD, que concibiera durante su estadía entre los confraternos de Formosa. Es una de las evocaciones más hermosas que se hayan escrito sobre la querida Casa.

 

ORACIÓN A LA FRATERNIDAD

De Mario Nestoroff

A esta hora la provincia del recogimiento y de la gracia, dirá sus oraciones; rato hará que el crepúsculo de fuego anduvo a los tumbos por las lomas, incendiando los pastos, los trigales, bañados de vivas esmeraldas el corazón a la vez áspero y dulce de los naranjales.
A esta hora, será la plaza juvenil colmena donde la luna cómplice urde la fina traba del idilio, de aquel amor que fue espiral de humo pero prendió una eterna primavera en nuestro pecho, una luz jubilosa en nuestras venas.
A esta hora el Colegio estará vestido de sus mejores galas, monumento de historia de la Patria, cien mil condecoraciones rutilantes en su pecho, bastón y espada y arrogancia, mirando todavía los choques montoneros por las lejanas cuchillas encendidas, oyendo aún el eco de los gritos desgarrados de una estirpe que fue, por la gracia y la causa de Dios y la Patria.
A esta justa hora la Fraternidad, nuestra querida madre, nuestra bien amada Frater, tendrá toda la fiebre de sus hijos quemándole la sangre; y estará la gloria en pleno llevándola en andas; y estará la eternidad tocándole las sienes, mientras los fraternales todos de la tierra gritarán con todas sus fuerzas contenidas: Salve madre Frater, salve, hasta ahora y por los siglos de los siglos. Amén”.
Formosa, 14 de Mayo de 1969.-


Una copia de ella, por intermedio de Maximiliano Glogger y su esposa, la hicimos llegar al diario LA CALLE de Concepción del Uruguay, el cual la publicó en su edición del 28 de Mayo de 1969. He querido reverdecerla en esta primavera, para que no se pierda, porque es poco menos que desconocida, y bien merece un lugar de privilegio en los anales de la lírica fraternal.

Mario “El Gallo” Nestoroff, después de leerla, nos pidió a Elio Aranda y a mi –conforme nos habíamos comprometido a cuidarlo- permiso para un nuevo brindis pero esta vez con una copa de vino, una sola. Permiso concedido. ¿Cómo negárselo cuando se había ganado, largamente, nuestro asentimiento? Lamentablemente no fue ni una ni sola. No pudimos con él, al desatar con ella la alegría y el vicio contenidos. Permaneció con nosotros una semana más y regresó a su querido Chaco. Lo volvimos a ver en 1977, en el Centenario de la FRATER, portándose entonces –de nuevo- como un señorito. Lo recuerdo lleno de felicidad, a los abrazos, desfilando con los fraternales del Chaco por la calle 8 de Junio y en una suerte de postal que fue filmada, con el “Negro” López y el “Tanque” Aguirre, los tres tomados del hombro en el patio de la Casa de los Recuerdos.

                                               Formosa, 21 de Septiembre de 2010.-

Sergio Alfredo Martínez

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Homenaje al Ingeniero GUSTAVO TORRESÁN (f), hijo del Fraternal Jorge Torresán

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