20 de Junio - Día de la Bandera Argentina

viernes, 4 de agosto de 2006

El Palacio de Septiembre (Guillermo Wiede)

La casa color tormenta (continuación...)


Para mí en esos años cincuenta y con doce de edad, latuberculosis era uno de los mas terribles flagelos de la humanidad, como antiguamente l viruela y hoy el SIDA o las cardiopatías. El cáncer no me desvelaba; me parecía cosa de gente selecta y por otra parte, era una enfermedad tan misteriosa que no alcanzaba a conmoverme. En cambio latuberculosis acreditaba factores de prestigio pavoroso: la gente enflaquecía; los pobres eran los mas afectados, por motivos que a esa edad me parecían obvios (y medio siglo después, también); mi familia no estaba en la miseria, pero mis últimos análisis socio-económicos, que incluían variables como los ingresos mensuales probables de mi padre, el tipo de comida de m i casa o el hecho de que al volver de la escuela estuviéramos obligados a cambiar los zapatos porlas odiosas alpargatas, me habían conducido a la triste conclusión de que pertenecíamos a la clase pobre. Por si fuera poco yo me alimentaba mal; no por la pobreza que atribuía a mi familia sino porque prácticamente ninguna comida me gustaba, y sin duda era a causa de esto que en el último grado de la escuela –como en todos los anteriores-, yo había sido siempre el mas chico y el que eternamente empezaba adelante la doble fila escuelera (y así iba a seguir siendo en la fila colegial).

Por lo tanto mi destino estaba sellado: vivir en esa gigantesca casona húmeda y en medio de una ciudad donde llovía siempre solo podía acelerar mi fin. Y si yo apenas probaba la comida que mi dulce madre se esmeraba en preparar, ¿ cómo iba a tolerar lo que en esa casa nos dieran de comer, sin duda semejante a la comida que se daba a los soldados conscriptos en los regimientos de mi pueblo?

En algún momento en que me abismaba a estas sombrías reflexiones, se acercó al grupito que conformábamos los “nuevos” un muchacho de mas edad que nosotros; dos, o tres años mayor; respecto de mí, quizás cuatro; y nos invitó a una visita guiada que muchos aceptamos para corresponder a su cortesía, algunos decididamente curiosos e interesados, y que a mí me permitía escapar por un rato de mis tristes sentimientos.

El muchacho grande había obtenido de un personaje aún mayor que él, designado como el “Celador de Guardia”, un manojo de llaves.

Homenaje al Ingeniero GUSTAVO TORRESÁN (f), hijo del Fraternal Jorge Torresán

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